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Gregory Isaacs nació el 15 de julio de 1951, en el barrio de Fletcher's Land, en Kingston. Desde niño trabajó duro, acumulando una extensa lista de profesiones que incluyó temporadas como carpintero, tratador de caballos, electricista y pintor de paneles y escenarios teatrales. Según sus viejos amigos, fue el primero en tener un auto y montar una tienda de discos entre los jóvenes del vecindario. El vecindario también albergaba algunas estrellas de primera grandeza del show business jamaicano, como el 'Mr. Rock Steady' Ken Boothe, el trío The Melodians y el melodioso Slim Smith. El joven Gregory frecuentaba los ensayos de todos ellos y también escuchaba atentamente las voces de Sam Cooke y Brook Benton que llegaban por la radio. Fue a partir de esas influencias que forjó su estilo único, mezclando la malemolencia jamaicana con el vocal inspirado de la soul music.

A principios de los años 70 inició su victoriosa carrera solista trabajando con uno de los mandamases del vinilo en Jamaica, Alvin Ranglin. Pero su búsqueda de independencia lo llevó a fundar un selo propio de grabación, el African Museum, también el nombre de su tienda y cuartel general. Esto no le impidió grabar con otros outsiders de la escena musical, como Lee Perry y Sly & Robbie. Con ellos Gregory Isaacs realizó algunas de las obras maestras que consolidaron su identificación con el público (lea más sobre la discografía de Gregory en la página Do RootsGregory ao TecnoGregory). Su enorme popularidad en la patria del reggae solo se compara a la que alcanzó en tierras brasileñas, más precisamente en Maranhão (1), donde se presentó al lado de la banda Tribo de JAH en 91.

El complicado arreglo del juego amoroso es ciertamente el tema más explorado por Gregory, destacándose la vasta porción dedicada a los desconsuelos y pequeñas alegrías de la soledad. Pero la realidad jamaicana y la fuerza del mensaje rasta también tienen su lugar en canciones como "The Border", "Mr. Cop" y "Opel Ride". La crudeza de la vida en las calles tampoco es extraña a Gregory Isaacs: "Cuando se vive bajo ciertas condiciones, todo puede pasarte", se resigna. Asumiendo su lado Bezerra da Silva, confirma que ya hizo media centena de 'paseos de Opel', marca de los autos de policía en la isla: "Casi siempre por conducir sin licencia o posesión de hierbas ilegales", aclara. En ese momento una pequeña multa resuelve el problema, pero en casos de porte de arma la cosa es más seria.

Las rígidas leyes jamaicanas sobre armas de fuego ya lo metieron en la cárcel por algunos meses. Pero Gregory se defiende: "Cuando te acusan una vez por porte de arma y eres culpable, es fácil para ellos acusarte otra vez y más otra por eso y aun siendo inocente nadie cree. (...) No trato con el crimen". Gregory cuenta además que los policías suelen provocarlo y a veces intentan extorsionar algo de dinero. En la prisión convivió con todo tipo de gente, estudió bastante y repasó su vida. Acabó transformando esa experiencia en nuevos clásicos del reggae, como "Days of Penitentiary", "Condemned" y muchos otros.

Los problemas con la policía y el involucramiento con drogas más pesadas en los años 80 dieron margen a todo tipo de rumor. Gregory conoció entonces el peor lado de la popularidad: "Las personas en general adoran hablar mal de quien no conocen y no pueden entender. Siempre creen en el mal que les cuentan y dudan del bien. (...) En cuanto a las drogas, son las armas más devastadoras. Fueron el mayor error que cometí".

Este bien del que algunos dudan está, por ejemplo, en la forma como Gregory ayuda a su comunidad. Los moradores del gueto lo buscan a toda hora con diversos pedidos: "Gran parte de lo que gano con mi trabajo sirve para ayudar a todas esas personas que necesitan asistencia. (...) Por eso la mayor alegría para mí es la fiesta anual que hacemos en el Orfanato de Maxfield el día 7 de enero. Mis muchachos y otras criaturas de la comunidad juntan cuadernos, lápices y materiales y los donan. Ya doné un auto y varias sillas de ruedas. (...) Si estoy vivo hasta hoy es porque procuro hacer lo que es correcto". Gregory también cumple su obligación de amparar a los hijos que tuvo con varias mujeres. Su sintonía con el hombre jamaicano es total: "Represento al pueblo. Hacer feliz al pueblo es hacerme feliz", concluye.

El hombre de las mil caras que se rehúsa a ser encasillado por la sociedad parece haber madurado. Continúa trabajando febrilmente, pero sin caer en las trampas que muchas veces su estilo de vida le puso en el camino. Sea el Gregory seductor o el solitario, sea el solidario o el malandro, sea la hormiga o la cigarra, será siempre recordado como uno de los grandes responsables por la excelencia del arte musical jamaicano.

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