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Reggae · 01 de abril de 2003

¡Vea la carta al Presidente Bush que cuestiona la legitimidad de la guerra en Irak!

¡Vea la

LA CARTA

Señor Presidente, Soy un escritor de una nación pobre, un país que ya estuvo en vuestra lista negra. Millones de mozambiqueños desconocían qué mal os habíamos hecho. Éramos pequeños y pobres: ¿qué amenaza podíamos constituir? Nuestra arma de destrucción masiva estaba, después de todo, volcada contra nosotros: era el hambre y la miseria... Algunos de nosotros encontramos extraño el criterio que llevaba a que nuestro nombre fuera manchado mientras otras naciones se beneficiaban de vuestra simpatía. Por ejemplo, nuestro vecino - la Sudáfrica del apartheid - violaba de forma flagrante los derechos humanos. Durante décadas fuimos víctimas de la agresión de ese régimen. Pero el régimen del apartheid mereció de vuestra parte una actitud más blanda: el llamado compromiso constructivo. El ANC estuvo también en la lista negra como una organización terrorista!. Extraño criterio que llevaría a que, años más tarde, los talibanes y el propio Bin Laden fueran llamados freedom fighters por estrategas norteamericanos. Pues yo, pobre escritor de un país pobre, tuve un sueño. Como Martin Luther King soñó una vez que América era una nación de todos los americanos. Soñé que yo no era un hombre sino un país. Sí, un país que no conseguía dormir. Porque vivía sobresaltado por terribles hechos. Y ese temor hizo que proclamara una exigencia. Una exigencia que tenía que ver con usted, Querido Presidente. Y exigía que los Estados Unidos de América procedieran a la eliminación de su armamento de destrucción masiva. Por razón de esos terribles peligros exigía más: que inspectores de las Naciones Unidas fueran enviados a vuestro país. ¿Qué terribles peligros me alertaban? ¿Qué temores vuestro país me inspiraba? No eran productos de un sueño, desgraciadamente. Eran hechos que alimentaban mi desconfianza. La lista es tan grande que elegiré solo algunos: Los Estados Unidos fueron la única nación del mundo que lanzó bombas atómicas sobre otras naciones; Vuestro país fue la única nación condenada por uso ilegítimo de la fuerza por el Tribunal Internacional de Justicia; Fuerzas americanas entrenaron y armaron a fundamentalistas islámicos más extremistas (incluido el terrorista Bin Laden) con el pretexto de derrocar a los invasores rusos en Afganistán; El régimen de Saddam Hussein fue apoyado por los EE.UU. mientras practicaba las peores atrocidades contra los iraquíes (incluido el gaseamiento de los kurdos en 1998); Como tantos otros dirigentes legítimos, el africano Patrice Lumumba fue asesinado con ayuda de la CIA. Después de ser detenido, torturado y disparado en la cabeza, su cuerpo fue disuelto en ácido clorhídrico; Como tantos otros títeres, Mobutu Seseseko fue llevado al poder por vuestros agentes y concedió facilidades especiales a la espionaje americana: el cuartel general de la CIA en Zaire se convirtió en el mayor de África. La dictadura brutal de este zaireño no mereció ningún reparo de los EE.UU. hasta que dejó de ser conveniente, en 1992; La invasión de Timor Oriental por los militares indonesios mereció el apoyo de los EE.UU. Cuando las atrocidades fueron conocidas, la respuesta de la Administración Clinton fue el asunto es responsabilidad del gobierno indonesio y no queremos quitarle esa responsabilidad; Vuestro país albergó criminales como Emmanuel Constant, uno de los líderes más sanguinarios de Haití cuyas fuerzas paramilitares masacraron a miles de inocentes. Constant fue juzgado en rebeldía y las nuevas autoridades solicitaron su extradición. El gobierno americano rechazó la solicitud. En agosto de 1998, la fuerza aérea de los EE.UU. bombardeó en Sudán una fábrica de medicamentos, llamada Al-Shifa. ¿Un error? No, se trataba de una represalia por los atentados bombistas de Nairobi y Dar-es-Saalam. En diciembre de 1987, los Estados Unidos fue el único país (junto con Israel) en votar contra una moción de condena al terrorismo internacional. Aun así, la moción fue aprobada por el voto de ciento cincuenta y tres países. En 1953, la CIA ayudó a preparar el golpe de Estado contra Irán tras el cual miles de comunistas del Tudeh fueron masacrados. La lista de golpes preparados por la CIA es bastante larga. Desde la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU. bombardearon: China (1945-46), Corea y China (1950-53), Guatemala (1954), Indonesia (1958), Cuba (1959-1961), Guatemala (1960), Congo (1964), Perú (1965), Laos (1961-1973), Vietnam (1961-1973), Camboya (1969-1970), Guatemala (1967-1973), Granada (1983), Líbano (1983-1984), Libia (1986), El Salvador (1980), Nicaragua (1980), Irán (1987), Panamá (1989), Irak (1990-2001), Kuwait (1991), Somalia (1993), Bosnia (1994-95), Sudán (1998), Afganistán (1998), Yugoslavia (1999); Acciones de terrorismo biológico y químico fueron puestas en práctica por los EE.UU.: el agente naranja y los defoliantes en Vietnam, el virus de la peste contra Cuba que durante años devastó la producción porcina en aquel país. The Wall Street Journal publicó un informe que anunciaba que 500.000 niños vietnamitas nacieron deformes como consecuencia de la guerra química de las fuerzas norteamericanas. Desperté de la pesadilla del sueño a la pesadilla de la realidad. La guerra que usted, Señor Presidente, insistió en iniciar podrá liberarnos de un dictador. Pero quedaremos todos más pobres. Enfrentaremos mayores dificultades en nuestras ya precarias economías y tendremos menos esperanza en un futuro gobernado por la razón y la moral. Tendremos menos fe en la fuerza reguladora de las Naciones Unidas y de las convenciones del derecho internacional. Estaremos, en fin, más solos y más desamparados. Señor Presidente, Irak no es Saddam. Son 22 millones de madres e hijos, y de hombres que trabajan y sueñan como hacen los comunes norteamericanos. Nos preocupamos por los males del régimen de Saddam Hussein que son reales. Pero se olvida de los horrores de la primera guerra del Golfo en la que perdieron la vida más de 150.000 hombres... Lo que está destruyendo masivamente a los iraquíes no son las armas de Saddam. Son las sanciones que condujeron a una situación humanitaria tan grave que dos coordinadores de ayuda de las Naciones Unidas (Dennis Halliday y Hans Von Sponeck) pidieron la dimisión en protesta contra esas mismas sanciones. Explicando la razón de su renuncia, Halliday escribió: Estamos destruyendo toda una sociedad. Es tan simple y terrible como eso. Y eso es ilegal e inmoral. Ese sistema de sanciones ya llevó a la muerte de medio millón de niños iraquíes. Pero la guerra contra Irak no está por comenzar. Ya comenzó hace mucho tiempo. En las zonas de restricción aérea al Norte y Sur de Irak ocurren continuamente bombardeos desde hace 12 años. Se cree que 500 iraquíes fueron muertos desde 1999. El bombardeo incluyó el uso masivo de uranio empobrecido (300 toneladas, es decir 30 veces más de lo usado en Kosovo). Nos libraremos de Saddam. Pero continuaremos prisioneros de la lógica de la guerra y de la arrogancia. No quiero que mis hijos (ni los suyos) vivan dominados por el fantasma del miedo. Y que piensen que, para vivir tranquilos, necesitan construir una fortaleza. Y que solo estarán seguros cuando haya que gastar fortunas en armas. Como su país que gasta 270.000.000.000.000 dólares (doscientos setenta billones de dólares) por año para mantener el arsenal de guerra. Usted sabe muy bien lo que esa suma podría ayudar a cambiar el destino miserable de millones de seres. El obispo americano Monseñor Robert Bowan le escribió a finales del año pasado una carta titulada ¿Por qué el mundo odia a los EE.UU.? El obispo de la Iglesia Católica de Florida es un ex combatiente en la guerra de Vietnam. Sabe lo que es la guerra y escribió: Usted reclama que los EE.UU. son blanco del terrorismo porque defendemos la democracia, la libertad y los derechos humanos. ¡Qué absurdo, Señor Presidente! Somos blanco de los terroristas porque, en la mayor parte del mundo, nuestro gobierno ha defendido la dictadura, la esclavitud y la explotación humana... Somos blanco de los terroristas porque somos odiados. Y somos odiados porque nuestro gobierno ha hecho cosas odiosas. ¿En cuántos países agentes de nuestro gobierno depusieron líderes popularmente elegidos sustituyéndolos por dictadores militares, títeres deseosos de vender a su propio pueblo a las corporaciones multinacionales norteamericanas? Y el obispo concluye: El pueblo de Canadá disfruta de democracia, de libertad y de derechos humanos, así como el pueblo de Noruega y de Suecia. ¿Alguna vez ha oído hablar de ataques a embajadas canadienses, noruegas o suecas? Somos odiados no porque practiquemos la democracia, la libertad o los derechos humanos. Somos odiados porque nuestro gobierno niega esas cosas a los pueblos de los países del Tercer Mundo, cuyos recursos son codiciados por nuestras multinacionales. Señor Presidente, Su Excelencia parece no necesitar que una institución internacional legitime su derecho de intervención militar. Al menos que podamos encontrar moral y verdad en su argumentación. Yo y millones más de ciudadanos no quedamos convencidos cuando le vimos justificar la guerra. Preferiríamos verle firmar la Convención de Kioto para contener el efecto invernadero. Preferiríamos haberle visto en Durban en la Conferencia Internacional contra el Racismo. No se preocupe, señor Presidente. A nosotros, naciones pequeñas de este mundo, no se nos ocurre exigir su dimisión por causa de ese apoyo que vuestras sucesivas administraciones concedieron a no menos sucesivos dictadores. La mayor amenaza que pesa sobre América no son armamentos de otros. Es el universo de mentira que se ha creado en torno a vuestros ciudadanos. El peligro no es el régimen de Saddam, ni ningún otro régimen. Sino el sentimiento de superioridad que parece animar a su gobierno. Su enemigo principal no está fuera. Está dentro de los EE.UU. Esa guerra solo puede ser vencida por los propios americanos. Me gustaría poder festejar el derrocamiento de Saddam Hussein. Y festejar con todos los americanos. Pero sin hipocresía, sin argumentación y consumo de disminuidos mentales. Porque nosotros, querido Presidente Bush, nosotros, los pueblos de los países pequeños, tenemos un arma de construcción masiva: la capacidad de pensar.

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